LOS GLOBOS DE CIELO
Cielo era una amiga que estudiaba conmigo en la Villa. En realidad, su verdadero nombre era Maricielo, pero ella prefería que la llamen por la forma corta [no sé por qué, ya verán después a que me refiero] Tan amiga mía no era, con las justas un hola y chau suficientes. Podría decir que era bonita. Sí, era linda. Sin embargo eso no era lo que más destacaba en ella. Diría que su atractivo principal, que llamaba la atención de todos, era su prominente.. su exuberante.. su desarrollada.. ustedes ya saben, no? Digamos, que cuando se bañaba no se mojaba los pies.
Decía que Cielo era bonita y atractiva, porque no pasaron ni dos meses y ya empezaba a salir con un pata del salón, aunque no por ello dejó de ser la amiga de todos [la amiga de todos de la buena manera, no de la mala, por si acaso] Claro, que eso no le permitió escaparse de las jodas de los chicos que a veces somos tan malos [pero las mujeres rajando son peores] Estoy seguro que eso de ‘Los globos de Cielo’ no fue algo ‘inventado’ por la clase; seguro se lo habrán dicho mucho antes. Es más, si sus padres hubieran sabido que su hijita querida se iba a desarrollar así, hubieran optado por ponerle otro nombre.
El caso era que yo no podía dejar de mirarlos. Aguanta! No, no era por una morbosidad de quedarme mirándolos y ver lo grandes que eran, sino que era algo que me llamaba la atención, era algo raro que tenía un no sé qué, algo así como el lunar de Número Tres que Austin Powers no podía dejar de ver en Goldmember. Sorry, a veces soy medio weirdo y me quedo mirando cosas que no debo. Obviamente, no los miraba en todo instante, quizás en algunos momentos raros o cuando hablaba con ella y tenía que hacer fuerza extrema para mantener la mirada sobre el cuello.
El problema con Cielo fue algo muy, pero muuuuuy rochoso. En un tiempo, se dio la fiebre entre los hombres de tumbarnos en el salón, en las escaleras, en los balcones, etc. Al decir tumbarnos me refiero a meternos cabe, a golpearnos las rodillas por detrás, a empujarnos por los hombros, etc. Sí ya sé, machos y huevones. Por mi condición de menor del grupo [siempre he sido de los menores en mis grupos] no le entraba tanto al juego, aunque de vez en cuando una empujada por allí, una caída por allá, no estaba de más. Todo con tal de entrar en la manada.
Pero [porque siempre hay un pero en estas historias] cierto día de invierno me encontraba conversando con Cielo en el balcón [conocen ustedes esas construcciones que son todas las universidades e institutos de todo el Perú, no? Edificios con salones de un lado y un largo balcón al frente] Su enamorado [del cual ya ni recuerdo el nombre] estaba a su lado apoyado en el balcón y yo frente a ella. Usualmente, casi no hablaba con ella, pero esta vez lo hacíamos porque.. porque.. bueno, tampoco recuerdo de qué estábamos hablando.
Mientras hablaba con ella me esforzaba por mantener el hilo de la conversación y a la vez poner toda mi voluntad en mantener la vista al frente y no seguir con la manía de ver lo que no debía. Habré estado en tal estado de concentración que no vi lo que se veía venir. Un par de desadaptados se aproximaba por detrás de mí, dispuestos a seguir haciendo de las suyas. Así fue como, mientras cada uno me sujetaba levemente de un hombro, golpeaban simultáneamente la parte trasera de mis rodillas con las suyas, para hacerme perder el equilibrio y caer arrodillado. Me agarraron tan frío que en efecto me caí con todo hacia delante.
Todo lo que viene a continuación habrá pasado en cinco segundos, aproximadamente. Mientras caía hacia delante veía que Cielo estaba más cerca. No, no caí sobre ella, no la tiré al suelo, no. Hubiese preferido mil veces eso, pero no. En lugar de eso o quizás para evitar eso, sentí una necesidad extrema de sujetarme de algo, cualquier cosa, para evitar la aparatosa caída. Mis manos se levantaron a la altura de mi cabeza, mis rodillas casi tocaban el suelo, me sentía Stallone en Cliffhanger y tenía que agarrarme de los últimos peñascos que quedaban en el acantilado. Pero en este caso, los peñascos resultaron ser más blanditos.
Juro que fue sin mala intención. Fue solo una serie de eventos desafortunados. Para evitar irme de cara contra ella, tuve que poner las manos hacia delante y ¿lamentablemente? se apoyaron a la altura equivocada. En pocas palabras, caí de rodillas cogiendo los globos de Cielo. Muchas cosas pasaron al instante. Primero, Cielo gritó anonada mi nombre mientras ella también levantaba las manos; después, al tiempo que me decía ‘Qué te pasa huevón!’ su enamorado me empujaba y me tiraba hacia a un lado para que la soltara. Atrás, los dos desgraciados que me habían hecho caer, literalmente se cagaban de risa; y yo en el suelo pataleaba como tortuga puesta de espaldas tratando de levantarme deshaciéndome en disculpas.
Cuando logré levantarme lo único que dije fue: ‘Disculpa, me empujaron, espera voy por ellos..’ y no volví más. Me metí al salón a buscar a los que seguían riéndose contando la gracia para quienes no la habían visto. Afortunadamente, la llegada del profesor de turno terminó con la chacota general y todo volvió a su relativo orden. Pero no para mí. Durante toda la clase estuve pensando en lo que Cielo y su enamorado me harían por tal profanación. Sin embargo, no pasó nada. Creo que Cielo se dio cuenta de las fatales circunstancias en que todo ocurrió y su enamorado lo tomó deportivamente -aunque sí se enojó un poco conmigo al principio.
Desde ese momento me curé en salud y no volví a ver a Cielo de la misma manera. Claro, resultaba difícil no verla, porque estaba en el mismo salón que yo, pero al menos hacía el intento. Nunca más volvimos hablar de eso en el salón, las tumbadas terminaron al poco tiempo cuando alguien casi se rompe la crisma en las escaleras, el enamorado de Cielo volvió a ser mi amigo como antes y no he vuelto a tener situaciones tan terribles como esa. Es por eso que ahora, después de años de sucedido, puedo decir:

