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viernes, 14 de noviembre de 2008

DESPEDIDA ESPIRITUAL

Carmen me esperaba a la vuelta del pabellón. Allí estaba con su sonrisa perfecta. Esas sonrisas en las que no necesitas mostrar los dientes para saber que estás sonriendo. Para reconfortar a cualquiera. Incluso alguien que sabe que está haciendo algo que no debe. Después de reírnos [o reírse] por la forma en que nos encontramos [o me encontró] me dijo para salir a caminar.

Fuimos hasta la playa [el albergue infantil quedaba al lado del mar] y aún quedaban los restos de la reunión con fogata que habíamos hecho todos unas horas antes. Nos sentamos en dos bancas paralelas a mirar lo poco que se veía de playa y mar apenas iluminados por la luz del albergue. Todo ya empezaba a parecerme bien sui generis, cuando ella empezó a hablarme como si nada.

El tema principal siempre era el de su madre. Cuando Carmen perdió a su padre, la relación entre ella y su mamá empeoró hasta tal punto que casi no se hablaban o no se veían y casi no se preocupaba la una por la otra. Ante tales problemas no sabía qué consejo darle o qué responderle. En realidad, creo que lo único que necesitaba era ser escuchada por alguien… por un amigo.

Después de una casi una hora de hablar, Carmen se acercó, me besó y se quedó recostada sobre mi hombro. Por supuesto que yo no supe qué rayos hacer después de eso, así que no hice nada. Creo que ese fue el momento digamos, más romántico que alguna vez haya pasado. Claro, que esa era mi impresión. Para ella seguro era otra cosa. Pero no importaba. Yo la estaba pasando bien.

Esa tarde ya nos íbamos. Todos andaban contentos y de buen semblante pues ya querían regresar a sus casas. Fue en ese momento que el encargado general dijo que tenía una sorpresa para cada uno de nosotros. Unas cartas fueron llegando a cada grupo y cada una de ellas dirigida a cada uno de nosotros. Eran de nuestros familiares que no escribían para saber cómo la estábamos pasando

Y aquí fue que todo el mundo empezó a llorar. Todos sin excepción. Hasta yo. Y lo peor es que no sabía por qué, pues en unas horas me encontraría con ellos así que no era porque los extrañase. Tan concentrado en ello andaba que no me di cuenta que alguien no había recibido su carta. Carmen miraba entre aburrida y triste el suelo sin carta en la mano y sin lágrimas en los ojos.

Cuando me disponía a preguntarle que qué le pasaba, uno de los encargados se le acercó y no muy delicadamente [es decir, casi se lo dice a todo el grupo] le dijo que no habían recibido ninguna carta de su mamá. ‘Ya me lo imaginaba’ le respondió ella y le pidió si podía salir y esperar afuera mientras el resto seguía en lo suyo. Después de pensarla un rato, decidí ir a ver como estaba.

Salí con la excusa de ir al baño a pesar que no estaba permitido. Evité a un par de encargados que se reían como idiotas entre ellos [no sé por qué pero nunca me cayeron bien esos tipos] Encontré a Carmen de pie en la playa mirando el mar de nuevo. Al principio pensé que no pudo haberle afectado tanto lo de la carta, pero creo que eso fue llegar al límite de todo lo que le pasaba.

- Sabes, ya no podemos seguir siendo amigos.
- ¿Por qué no?
- No sé. Ya nos vamos a ir y sería inútil continuar.
- Pues podemos seguir viéndonos.
- Sorry. Cuando regresemos no va a ser igual que aquí.
- Pero…
- No. Además, ni siquiera te conozco. Eres solo un niño.
- …
- Vamos. Tenemos que regresar.

Creo que me rompió el corazón. Un poquito al menos. Si bien solo la quería como amiga o como platónico embobado, igual me dolió que todo termine así. En el bus de vuelta no hablé con ella. En la Iglesia no la vi. Al final de la misa tampoco. Creo que ni siquiera se quedó para la despedida. Así como la había encontrado, así también se fue. No la volví a ver más.

martes, 11 de noviembre de 2008

RETIRO ESPIRITUAL

Carmen fue la primera chica rubia que conocí [y eso que ya tenía 15 años] Sus rulos siempre caían sobre sus hombros, aunque a veces se juntaban en una sola cola sobre su espalda. El que se me acercara en un retiro antes de mi confirmación, teniendo ocho años más que yo, fue un de esas experiencias para no olvidar. Era el primer retiro al que iba en mi vida. Y creo que tan malo no fue.

Todo empezó en la Iglesia donde nos juntaron en grupos de ocho. Para mi suerte en ese grupo habían varios compañeros de salón y mi mejor amigo [casi toda mi promo hacía su confirmación] Pero también estaba gente que no conocía como Carmen. Después de organizar los grupos, todos subimos a los ómnibus que nos llevarían al lugar donde nos concentraríamos hasta el domingo.

Recién el sábado empezaron las actividades en serio. Casi siempre eran los organizadores, que tenían a cargo cada grupo, los que salían al frente y contaban sus experiencias de toda índole. Era impresionante ver como lloraba la gente cuando les tocaba compartir experiencias parecidas en sus respectivos grupos. Nunca había visto llorar tanta gente en un mismo lugar. Yo no lloré.

Cuando le tocó el turno a Carmen tampoco lloró. Sus problemas eran mayores que el resto, pero parecía que a ella no le importaran. El que haya perdido a su padre, que se peleara con su madre todos los días, que no la soportara, que quisiera irse de su casa, que tuviera malas juntas, que en la universidad no le fuera bien, etc. la hacía la chica más complicada que haya conocido hasta ahora.

En el primer receso que tuvimos para salir al extenso patio, Carmen se me acercó y me preguntó por qué no había llorado. A la impresión que primero se me acercara una chica a hablarme le siguió el que me preguntara algo como eso. ‘No tenía ganas’ fue la respuesta idiota que le dije. Sorpresivamente Carmen sonrió y rió suavemente para después decirme que la acompañe a caminar.

Conversamos toda la tarde. En realidad ella era la que hablaba ya que su vida era más interesante que la mía. Me dijo que la obligaron a ir pues ella hubiese preferido quedarse el fin de semana con sus amigas; pero que al menos le había servido pues hacía tiempo no hablaba así con nadie. Después de seguir juntos hasta la cena, nos despedimos cada uno por su lado hasta el día siguiente.

Muy a mi pesar, esa noche tuve que levantarme para ir al baño. No es por nada, pero ese lugar tan grande y con tantos camarotes alineados uno con otro me daba una impresión de un reclusorio, de una barraca. La entrada al baño estaba en medio del pabellón y mi cama era la más cercana a la puerta. Sin poder aguantar más, caminé en la oscuridad hasta el baño pensando en cosas alegres.

Después de buscar las luces y cuidarme las espaldas [uno nunca sabe los gustos de los otros] me coloqué en uno de la larga fila de urinarios a hacer lo mío [entrar a un cubículo me daba miedo] Mientras miraba la ventana cubierta con una malla de alambre pensaba en lo alta que se encontraba. Fue cuando una sombra se alzó sobre ella haciéndome dar el respingo más grande de mi vida.

Los ojos de Carmen, acompañados de sus rulos, me miraban desde lo alto. La risa que los acompañó después me devolvieron el pudor y a la realidad.
- ¿¡Carmen!?
- Sorry. Escuché ruido. No sabía que este era el baño.
- Yo NO hago ruido en el baño. ¿Qué haces allí afuera?
- Nada, salí porque no tenía sueño.
- Te pueden encontrar.
- Todos están durmiendo. Ven, sal tú también.
- No, estás loca. Se darán cuenta.
- No pasa nada. Vamos, sal.
- No.
- SAL.
- okey.

Aún reponiéndome del susto y sin poder creer lo que estaba a punto de hacer [escabullirme del reclusorio] me dirigí a mi cama donde me arreglé lo que pude, me acerqué a la puerta y rogando porque estuviera cerrada como nos dijeron, giré la perilla. La brisa helada del mar me dio en todo el cuerpo y me arrepentí de no haber terminado lo que fui a hacer al baño hacía unos instantes.


[continuará]