
Ayer se cumplió aproximadamente un año que no piso un hospital, clínica, posta, centro de salud, consultorio bamba, etc. es decir cualquier lugar donde se diga que practican la medicina. Y es que uno de mis tantos traumas es que no me gusta ir a hospitales. Por ello trato en lo posible de no enfermarme y las pocas veces que me pongo mal, en casos extremos… bueno pues, gracias por existir, automedicación.
Fue hace un año que una tarde estando listo para irme a estudiar me levanté de mi cama y sentí un terrible mareo, náuseas, adormecimiento de extremidades, dificultad para respirar, visión borrosa, pérdida de la audición, en pocas palabras estuve a nada de desmayarme. Si no lo hice fue porque mantuve la calma para no alterar a mi hermano que ya estaba a punto de agarrarme a cachetadas.
Después de recostarme nuevamente en mi cama e inhalar alcohol por un rato, llegó mi mamá y por más que le decía que ya me sentía mejor y que ya se me había pasado, insistió en llevarme a la posta de salud más cercana. Fue así como se rompió mi anterior récord que ya iba por más de un año según mis cálculos. El diagnóstico: un simple vahído por levantarme muy rápido según el doctor-estudiante-practicante.
De niño no era tanto el trauma con los hospitales. Al contrario me gustaba que sean tan amplios y tan fáciles de pasear. Aún recuerdo como me paseaba de lado a lado en el Policlínico Pizarro cuando me llevaban a Pediatría con sus dibujos de Disney pintados en la pared. O caminar y caminar sin ser detenido por nadie en el Hospital Almenara en una de las tantas compañías a las citas de mi hermano.
Lo que me empezó a traumar es la cantidad de gente, enfermos, microbios, gérmenes, bacterias, virus y enfermedades que están pululando por esos ambientes. Solo Dios sabe quién se habrá sentado en esa silla o apoyado en esa pared antes que tú en la sala de espera; o qué habrá sido tosido, estornudado, vomitado, salpicado, derramado o dilatado en uno de los tantos consultorios sin ventilación.
Lo peor de todo fue arañarme una vez en la baranda de una escalera. Al ver ese trozo de fierro oxidado y la pequeña punta que sobresalía de él y que había rasguñado mi mano me entró un pánico de no ser el primero en haber sufrido el mismo accidente. ¿Qué peste estaría ahora en mi torrente sanguíneo listo para empezar a hacerme mierda? Creo que esa fue la última visita al Almenara que recuerde.
No creo ser hipocondriaco. Al contrario, detesto todo lo que tenga que ver con enfermedades y esas cosas. Odio cuando empieza el tema tan recurrente en casa entre mis padres y mi hermano de quién está enfermo, de qué y qué pastillas son mejores para ello. No busco enfermedades en Internet ni veo Discovery Health. Me basta con ser fan de ER y lo que veía en Dr. House -hasta que se puso aburrido.
Y lo que es más importante. Si alguien tiene una enfermedad grave o terminal ¡por favor no me lo digan! Menos si el enfermo soy yo. Y es que tengo la creencia de que cuando uno se entera de qué está enfermo se muere más rápido. Sí, ya sé. Creepy.