Ayer le pregunté a mi mamá si ella fue la que me enseñó a leer. Me respondió que suponía que fue ella si no quién más. La cuestión es que me dijo que aprendí a leer bien temprano. Desde los dos años, mientras ella se ocupaba de la casa, me ponía los libros que mi hermano no llevaba a clases y me entretenía pasando las hojas y mirando las figuras en ellos. Así a veces estén de cabeza.
Como ya los libros de mi hermano me aburrían de tanto verlos, mi mamá me compró el libro para aprender a leer por excelencia de ese entonces: el
famoso Coquito. Desde que lo vi no lo volví a soltar. Lo llevaba a todos lados de mi casa. Si bien en un principio solo miraba los dibujos, después me empezaron a interesar los dibujitos más chiquitos y que se repetían. O sea las letras.
Después de preguntarle a mi mamá cómo era que se leían las letras
[qué pregunta para más rara ¿no?] ella empezó a enseñarme a distinguirlas en su tiempo libre por las mañanas. Así empecé con el
‘A de avión, E de enano, I de iglesia, O de oso y U de uva’ ¿Quién no recuerda esa paporreta característica del Coquito? ¿O el
‘mi mamá me ama, mi mamá me mima, yo amo a mi mamá’?
Mientras llevaba mi segundo año de inicial, mi mamá me enseñaba clandestinamente a leer con el Coquito. Y digo clandestinamente pues, según ella, el aprender a leer se enseñaba todavía en primero de primaria, ya que en inicial solo ibas a hacer vida social y a jugar como descosido. Así que para cuando terminé oficialmente inicial, ya me sabía todo el Coquito de pies a cabeza.
Con cuatro años y Coquito en mano, mi mamá me llevó a matricularme a la primaria. Con solo decirles la edad que tenía le dijeron que estaba muy peque para entrar al colegio. Yendo desde la profesora de primero hasta el propio director, también recibió un
‘no’ por primera respuesta. Fue allí que mi mamá sacó el as bajo la manga y convenció a todos diciendo que ya sabía leer.
‘Con cuatro años ningún niño lee, señora’ le dijeron. Entonces mi mamá sacó el Coquito y enseñándoselos a todos contestó que ya me lo sabía hasta la última página. El director desconfiado, dijo que accedería tomarme una prueba pero tendría que ser a solas, o sea sin mi mamá y me llevó a la secretaría de su oficina. Entró la profesora y atrás llegó mi mamá con el Coquito para que lo lea.
‘El Coquito no, señora. ¿No dice que ya se lo sabe de memoria? Que lea otra cosa’ El director le pidió a su secretaria que me alcance cualquier hoja para que lea. Ella me dio un pequeño texto de un tercio de página que era –según recuerdo– un comunicado o algo por estilo que iba dirigido al colegio. Para ser el primer texto que leía que no fuera el Coquito, creo que lo hice muy bien.
Para cuando terminé, mi mamá, que había estado atenta al otro lado de la puerta, apareció al instante para reclamarle al director que decía la verdad. Ya con la profesora diciendo que no tendría inconveniente en recibirme en su clase, al director no le quedó otra que aceptarme en primero de primaria. Ahora el chiste era que ya estaba en el colegio y no hablaba nada más que lo que leía.